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viernes, 19 de julio de 2013

¡Hola queridos lectores! 

Hoy por fin traigo el desenlace de la historia El Certamen, espero que os guste y sino, siempre podéis dar vuestros motivos =)
Lo último que habíamos leído fue a Lizbeth confesándole a Alex que no podía seguir allí debido a que sentía que traicionaba a su padre. ¡Veremos que opina Alex de esto!

Alex apretó la mandíbula y frunció el ceño.
-Ya veo-se encogió de hombros-eres libre de marcharte cuando quieras, pero no me gustaría que te fueras con una impresión equivocada de mí.
Lizbeth le miró sin entender.
-Fue Darren quién amañó el certamen, yo no tuve nada que ver y me quedé tan sorprendido como tú al no oír el nombre de tu padre como ganador, pero ya no podía hacer nada, el jurado estaba comprado y no iban a cambiar su voto.
Lizbeth tardó unos segunos en procesar todo lo que Alex estaba diciendo. El pueblo entero le había creído culpable durante meses, le había insultado, excluido y despreciado. ¿Por qué nunca había dicho nada? ¿Por qué no había contado la verdad?
-¿Por qué no lo dijiste antes?
Alex negó imperceptiblemente con la cabeza, como si todo estuviera claroy hablar no tuviera sentido.
-Daba por hecho que a estas alturas no me creías capaz de algo así-Alex apartó la mirada-está claro que me equivocaba.
Lizbeth sintió que las mejillas se le teñían de rojo.
-Bueno yo…realmente no sabía…-no se le ocurría de qué forma excusarse-Pero ¿y el pueblo? ¡Todo el mundo sigue pensando que eres un…!-se detuvo a tiempo de decir algo que pudiera herirle.
-¿Un bastardo sin sentimientos?-terminó Alex con una media sonrisa-¿Y qué puedo hacer yo? No tengo manera de demostrar nada y la gente tiende a creer lo que quiere creer. Y por supuesto es más fácil pensar que el solitario y excéntrico Alexander Mayfair ha comprado al jurado del certamen para arruinar los sueños de un viejo inventor por el simple placer de hacerlo. En ningún momento se les pasaría por la cabeza que el carismático y atractivo Darren haya podido hacer algo así solo para concederle el premio a la chica con la que se acuesta.
Lizbeth se sentía abrumada por todo aquello, y también por el hecho de que Alex había perdido completamente la compostura y no estaba acostumbrada a verle así.
-Áex… lo siento, no tenía ni idea…-la verdad es que no había nada que pudiera decir para disculparse.
-Alex levantó una mano para indicar que no hacía falta que siguiera.
-No importa, ahora ya lo sabes-cogió de nuevo el periódico que había estado leyendo antes de que Lizbeth le interrumpiera y caminó hacia la puerta. Antes de llegar a esta se dio la vuelta y dijo-puedes despedirte de Brandon cuando quieras.
Lizbeth se quedó sola en las estancia sin saber qué hacer. Caminó sin darse cuenta hasta la cocina en busca de Brandon. Después de pedirle al niño que la acompañara, los dos se sentaron en los escalones de la entrada de la casa.
Brandon no entendió por qué tenía que marcharse.
-Tu tío está molesto conmigo y no le falta razón-explicó Lizbeth-creí algo muy malo de él y estaba equivocada.
-Pues pídele disculpas-era realmente enternecedor lo sencillo que resultaba todo en la mente de los niños-él no puede saber lo arrepentida que estás si no se lo dices.
Lizbeth sonrió con ternura al niño, pero no estaba convencida. El sexto sentido del niño pareció avisarle de esto porque continuó con sus sencillos argumentos.
-Dile que ahora que le conoces sabes que es muy bueno y que te gustaría quedarte con nosotros-le explicó Brandon como si fuera él quien estaba hablando con un niño pequeño-Seguro que mi tío aun cree que quieres irte, y es una tontería que hagas algo que no nos gusta a ninguno de los tres cuando sería tan fácil pedir perdón.
Solo un niño de apenas diez años podía pensar que pedir perdón era algo fácil. Pero Lizbeth tuvo que admitir que tenía razón en todo lo que estaba diciendo.
-Creo que voy a hacerte caso-sonrió Lizbeth abrazando al pequeño, quien sonrió satisfecho.
                                                              [-----------------]

Lizbeth encontró a Alex en la terraza, apoyado en la balaustrada y mirando las estrellas, ya que hacía un rato que había anochecido.
-Creí que ya te habrías marchado-dijo Alex sin mirarla.
-No me hubiera ido sin despedirme de ti-aseguró invadida por la timidez.
-Alex se giró y la miró. A Lizbeth le pareció que tenía los ojos más oscuros que de costumbre.
-¿Has venido a despedirte, pues?-preguntó frunciendo el ceño.
Lizbeth tragó saliva y se acercó más a él.
-En realidad no. He venido a disculparme contigo-antes de que Alex pudiera interrumpirle Lizbeth continuó-Me han encantado estos meses que he pasado junto a Brandon…y junto a ti. Me he dado cuenta de que eres un gran hombre y de que te juzgue mal. Todos lo hemos hecho. Creemos que lo sabemos todo de alguien solo por su apariencia o por su actitud y no nos molestamos en indagar en lo que hay más adentro de las personas. Emitimos juicios sobre gente que no conocemos. Y nos equivocamos. Yo me he equivocado contigo. Y lo único que puedo esperar ahora es que me perdones y me permitas seguir dándole clases a Brandon…y poder seguir conociéndote a ti…si tú quieres.
En medio de toda aquella confesión Lizbeth no había podido soportar la presión de su mirada y había desviado la vista al cielo y había comenzado a tocarse el pelo. Había tratado de ser sincera pero aun así tenía miedo de la reacción que pudiera tener Alex. Al mirarle se dio cuenta de que éste estaba sonriendo. Levantó una mano y cogió el mechón de pelo castaño que Lizbeth tenía entre los dedos.
-Me alegro de que tu impresión sobre mí haya cambiado-dijo suavemente-y estoy seguro de que a Brandon le encantará saber que te quedas-hizo una breve pausa y acentuó aún más su sonrisa-aunque no tanto como a mí.
Lizbeth sonrió.
Ambos se sorprendieron bastante cuando le dieron la noticia a Brandon y éste ni se inmutó. Parecía tener claro que Lizbeth no iba a marcharse.
Pocos meses después salió a la luz que Darren había sido el culpable de todo aquello, pero pocos fueron los que se disculparon con Alex. La gente no suele admitir sus errores muy a menudo. Pero a Ále no le preocupaba. Tenía a su lado a las únicas personas cuyas opiniones le importaban.

Y colorín colorado... Espero que os haya gustado ^^

Decir que esta historia surgió de una pequeña tarea que me mandaron en una asignatura. Teníamos que elegir algún cuento o pelicula para niños y coger la idea principal para escribir algo y elegí una pelicula de Disney que siempre me ha gustado mucho: La Bella y La Bestia. 
Así que moraleja: Antes de juzgar...intentar conocer a la persona que tenéis enfrente =)



lunes, 15 de julio de 2013

¡Hola queridos lectores! Traigo la continuación de "El certamen" Muchas gracias a los que comentaron, y espero que les siga gustando la historia =)


Fueron pasando los días, y lejos de que esto aplacara a la gente, ésta sentía aun más aversión por Alex. Llegó un momento en el que el joven director no podía apenas salir de su casa sin que le llovieran los insultos o fuera víctima de las gamberradas de los adolescentes del pueblo.
Pronto la gente se acostumbró a no verlo caminar solo y taciturno como siempre solía hacer. Algunos pensaron que se había marchado definitivamente del pueblo.
Después de varios meses llegó el verano. La gente ya había olvidado el incidente del certamen, si bien no Lizbeth  ni su padre.
Como ya no contaban con el dinero del premio, Lizbeth se había visto forzada a buscar un trabajo. Contestó a un anuncio en el que se precisaba una profesora de literatura que pudiera acudir al domicilio para impartir clases a un niño de nueve años. No tardaron mucho en enviarle una respuesta diciéndole que estaba contratada.
Lizbeth acudió a la dirección que venía en el anuncio, un gran caserón alejado del pueblo. Se sintió cohibida cuando caminó hacia la puerta y llamó golpeando ésta suavemente con los nudillos. Enseguida se oyeron unos pasos acercándose por el rellano y Lizbeth no pudo contener su sorpresa cuando el joven director del certamen, Alex, le abrió con el ceño fruncido y semblante serio.
-Pase señorita Welford-dijo Alex haciéndose a un lado para dejarla pasar.
-Gracias señor…Mayfair-contestó Lizbeth aun sin saber cómo tomarse aquello.
-Por favor, llámeme Alex-dijo el hombre con semblante serio.
“¿Por qué me mira así?”pensó Lizbeth “Si alguien debería estar enfadada aquí, esa soy yo”
Lizbeth se fijó en que Alex llevaba puesta la parte inferior de un traje negro y una camisa del mismo color arremangada hasta los codos, lo que le daba un aspecto más desenfadado del que pretendía con la expresión de su rostro.
-Mi sobrino saldrá en un momento-comentó Alex guiándola hasta la sala de estar.
Lizbeth se sorprendió al oír aquello. No tenía ni idea de que Alex tuviera ningún sobrino. Ni hermanos, primos, ni ninguna clase de pariente.  Era obvio que no había nacido de un huevo, pero nunca se había imaginado a aquel joven en un entorno familiar.
El ruido de una puerta interrumpió sus pensamientos y al girarse vio lo que parecía una versión en miniatura de Alex, solo que con expresión alegre y confiada. También vestía el pantalón de un traje oscuro y llevaba camisa, pero de color blanco y dos tallas más grande de lo que le correspondía.
El niño se acercó a Lizbeth sonriendo  y le tendió la mano.
-Mucho gusto en conocerla señorita Welford-Lizbeth le estrechó la mano entre confundida y divertida ante los implacables modales del muchacho que miraba a su tío en busca de una señal de aprobación.
Cuando Lizbeth se dio la vuelta hacia Alex, le sorprendió ver que éste estaba sonriendo  y miraba al niño con una expresión entre cariñosa y orgullosa.
Lizbeth se autoconvenció de que había sido producto de su imaginación y se centró en lo que había venido a hacer.
-Igualmente señorito… -Lizbeth no tenía ni idea de si aquel niño era un sobrino por parte de alguna hermana de Alex o de un hermano, con lo que no tenía ni idea de con qué nombre dirigirse a él, pero el muchacho enseguida acabó la frase por ella al ver su indecisión.
-Mayfair-dijo orgulloso-Brandon Mayfair, pero llámeme Brandon.
Lizbeth asintió.
-Bien Brandon, empezaremos cuando tu tío lo considere oportuno-dijo tratando de ser correcta y mirando a Alex, quien ya tenía su habitual expresión  de “Acércate y te muerdo”
“Esa le pega mucho más” pensó Lizbeth satisfecha.
Alex les condujo hasta una pequeña salita repleta de libros. Había una mesa no muy grande en el centro y dos sillas de color negro.
-Dentro de un rato el servicio os traerá algo para comer-informó Alex saliendo de la estancia sin dar más explicaciones.
Por suerte Brandon parecía estar cómodo con la situación y enseguida pasó a explicarle a Lizbeth todas las preguntas que ésta no se había atrevido a formular en voz alta.
Resultaba que “el servicio” era una mujer entrada en años y en carnes que se encargaba de que todo estuviera en orden. Se metía demasiado en la vida de los dos Mayfair de la casa, comportándose más como abuela y madre que como asistenta, pero llevaba tantos años en la familia y lo hacía todo con tan buena intención que Alex se lo consentía todo.
En aquella pequeña salita era dónde el tío de Brandon le enseñaba todo lo que sabía; modales, cálculo y sobre todo literatura, que era su gran pasión. Pero hacía tiempo que Alex había pensado que al niño le vendría bien una nueva compañía y tener un referente femenino en la casa que no se preocupara solo de que engordara, como era el caso de la asistenta.
Aquellas charlas con Brandon se convirtieron en costumbre y según pasaban las semanas Lizbeth pasaba más horas al día en la casa e iba conociendo más a su dueño a través de su parlanchín sobrino, que le idolatraba. De esa forma supo que los padres de Brandon, el señor y la señora Sullivan, habían muerto en un accidente de tráfico tres años atrás y al quedarse Brandon con su tío, éste le puso su apellido en honor a su hermana fallecida, y lo había criado desde entonces.
Al ver lo bien que estaba su sobrino con Lizbeth, Alex le pidió que siguiera dándole clases y jugando con él el resto del año a la salida del colegio de Brandon, a lo que Lizbeth aceptó gustosa, ya que ella también disfrutaba de la compañía del pequeño, y últimamente tenía que admitir que también disfrutaba la de Alex, quien a veces se sumaba a sus tardes de estudios y charlas, aunque normalmente era un espectador silencioso.
Cuando Brandon comenzó a ir a la escuela en septiembre, Alex empezó a invitarla algunas mañanas a la casa para charlar, y en poco tiempo Lizbeth se dio cuenta de que lo había juzgado mal. Cuando le conocías te dabas cuenta de que detrás de esa fría armadura había un hombre inteligente, responsable, cariñoso y atento. Lizbeth disfrutaba en verdad estando con él, pero no lograba olvidar lo sucedido en el certamen hacía ya un año.
Una tarde en la que Brandon estaba ayudando al ama de llaves a preparar la merienda, Lizbeth aprovechó para acerarse a Alex con semblante serio. Éste pareció darse cuenta de la preocupación en la cara de Lizbeth porque dejó el periódico que estaba ojeando y la miró con expresión interrogante.
-¿Ocurre algo Liz?-hacía ya tiempo que habían empezado a tutearse aunque en la cabeza de Lizbeth él siempre había sido solo Alex y nunca el señor Mayfair.
Lizbeth se armó de valor y con los ojos cerrados dijo:
-No puedo seguir dando clases a Brandon…ni viniendo a esta casa.
Alex asintió con la cabeza aun sin entender nada.
-Emm… Como quieras. ¿Puedo saber si has tenido algún problema?
La calma y la educación de Alex le sacaba de sus casillas.

-No puedo seguir trabajando con el hombre que tiró por tierra los sueños de mi padre-confesó Lizbeth sin poder contenerse más-siento que le estoy traicionando.


¿Confíáis en Alex? ¿Creeis que Lizbeth debería marcharse? ¡Comentad que es gratis!

jueves, 11 de julio de 2013

El certamen

¡Hola queridos lectores! Hoy me me paso por aquí para dejar el comienzo de una pequeña historia que espero que os guste.  


                                      EL CERTAMEN


Era Otoño. Montones de hojas de diferentes colores cubrían suelo húmedo. El ambiente era oscuro  y algo triste, como si la ausencia del sol hubiera silenciado las voces y los ruidos.
Lizbeth corría hacia la casa de su padre para refugiarse de la incesante lluvia. Siempre se olvidaba el paraguas en casa, a pesar de dejarlo junto a la puerta para verlo al salir.
Cuando abrió la puerta se encontró a su padre, ya entrado en años pero ingenuo como un niño, enfrascado en sus bocetos en el escritorio de su despacho.
-¿Algo nuevo papá?-preguntó Lizbeth alegremente. A ella el otoño no le entristecía, muy al contrario, le encantaba salir a la calle y pasear bajo el cielo gris que siempre amenazaba lluvia.
-Sí pequeña-su padre jamás dejaría de llamarla pequeña, aunque ante sí tuviera ya a una hermosa mujercita de pelo castaño y grandes ojos que lo miraban con reproche fingido-El sábado demostraré a todo el mundo que soy un gran inventor.
El sábado era el gran día que tanto tiempo llevaban esperando. Se celebraba la entrega de premios del concurso “Inventores de ahora”. Su padre había conseguido un merecidísimo primer premio, y el sábado lo harían público en la plaza del pueblo. Era algo muy importante para ellos, ya que él mérito de su padre nunca había sido reconocido y ahora después de toda una vida, por fin veía los frutos de todo su esfuerzo.
Lizbeth sonrió dulcemente a su padre y se acercó para darle un beso en la frente.
-Yo siempre he sabido que eran un gran inventor, papá-aseguró antes de subir las escaleras en dirección a su cuarto.
                                        [-----------------------]

El sábado el padre de Lizbeth salió temprano de casa y sin despertar a su hija. No le importaba que ella no fuera a la entrega de premios, para su hija siempre había sido un ganador.
Sin embargo Lizbeth se despertó sobresaltada al escuchar el sonido de la puerta de casa al cerrarse, y cuando comprendió que se había quedado dormida se apresuró a vestirse para llegar a tiempo a la entrega de premios. Quería estar al lado de su padre ahora que por fin se lo tomaban en serio. Ese día era importante para él y no iba a dudar en acompañarlo.
Sintió un gran alivio cuando llegó a la plaza del pueblo donde se celebraba el certamen y vio que éste aun no había dado comienzo.
El director del certamen se hallaba sentado en una silla negra al lado del escenario, apenas nadie reparaba en él. Y no es que lo hicieran normalmente, Alex era un hombre serio y reservado que no era muy apreciado por sus vecinos. Tenía unas formas algo rudas y apenas hablaba con nadie.
En contrapunto a la postura distante del director, el ambiente en el resto de la plaza era de revuelo. Normalmente no tenían mucho que celebrar y cualquier excusa era buena para armar una fiesta. Todo el mundo murmuraba excitado, haciendo sus apuestas y aprovechando para comer y beber con sus vecinos.
Solo el director del certamen y sus participantes sabían ya los resultados, y tenían prohibido comunicárselo a nadie hasta el día de la entrega oficial de premios.
Subido en la tarima y con un aire jovial y despreocupado Darren presentaba el concurso. Era un joven apuesto y seguro de sí mismo que se manejaba en los escenarios como si hubiera nacido en uno. Cuando vio a Lizbeth entre el gentío la guiñó un ojo con aire pícaro, a lo que Lizbeth puso los ojos en blanco y giró la cabeza.  La molestaban sobremanera sus atenciones. Se creía que con su deslumbrante sonrisa podía tener cualquier cosa que deseara. Pues bien, ella no iba a ser una de esas cosas. Su extrema arrogancia no compensaba su atractivo.
Por fin el certamen dio comienzo. La multitud quedó en silencio y Darren tomó todo el protagonismo. Después de unas cuantas bromas y de dar el tercer y el segundo premio por fin llegó el momento tan esperado.
Era el turno de dar el primer premio y Lizbeth se mordía el labio nerviosa buscando a su padre con la mirada, pero no lograba localizarlo.
Darren se llevó el micrófono a los labios y con una gran sonrisa se dispuso a decir el nombre del ganador. Todo el mundo estaba expectante y nada más que prestaban atención al escenario.
-Y el primer premio de “Inventores de ahora” 2010 es para… ¡La señorita Anne Andrews!
Lizbeth ahogó el grito de júbilo al oír el nombre. ¿Andrews? ¿Qué clase de broma era aquella? El ganador era su padre y así se lo había hecho saber el jurado hacía unos días. Tenía que haber algún error.
El público vitoreaba contento, ajeno a aquél malentendido. Una chica alta y pelirroja había salido de entre la multitud y había subido a la tarima para recoger el cheque de las manos de un despreocupado Darren. La chica lucía una ensayada sonrisa y saludaba a sus vecinos con una mano.
“No tiene pinta de haber inventado nada” pensó Lizbeth “Ni siquiera tiene pinta de saber leer.”
Alex parecía haber salido de su ensimismamiento y miraba hacia la tarima con el ceño ligeramente fruncido, pero ni siquiera se molestó en levantarse.
Lizbeth por fin divisó a su padre subiendo a la tarima con la cara roja de indignación. Se acercó a Darren, quien le sacaba una cabeza, y se encaró a él.
-¡Esto no es posible! ¡Tiene que haber cometido un error!-el presentador del certamen se limitó a mirarlo con lástima y a encogerse de hombros.
-Yo solo soy el presentador, amigo.
El padre de Lizbeth, sin ser consciente de lo cerca que estaba del micrófono, profirió en gritos:
-¡Esto es una desfachatez! ¡El jurado me nombró ganador hace días! ¿¡Qué clase de broma pesada es esta!?
El público, al escuchar aquello, comenzó a murmurar, y luego a quejarse. Más por tener un motivo por el que crear polémica que porque realmente les importara quien ganara o perdiera ese certamen.
Poco a poco comenzaron a insultar al director del concurso, ya que como realmente a nadie le caía bien, era una oportunidad perfecta para dejarle en evidencia.
Alex, con seguridad y semblante tranquilo, como si no oyera todos los insultos que iban dirigidos a él, se acercó al micrófono.
-El certamen ha finalizado, pueden marcharse-dijo quedamente.

La gente se fue dispersando poco a poco al ver que allí ya no iba a suceder nada más, pero se fueron farfullando y maldiciendo al director.

                                                                                                         Continuará...

¿Intrigados? ¿Qué habrá pasado con el premio? ¿Habrá alguien detrás de todo esto o se trata de un simple error? Si queréis saberlo seguir entrando al blog y pronto tendréis la respuesta ¡Comentad!


martes, 9 de julio de 2013

Microrrelato

Buenas, visitantes:
Hoy os traigo algo nuevo y diferente: un microrrelato.
Veréis, últimamente he estado leyendo sobre los microrrelatos y he descubierto que se trata de un género narrativo muy interesante que como el cuento o la novela, tiene muchos seguidores y ha sido utilizado por muchos grandes autores a lo largo de la historia.
Se trata de textos breves pero que deben ser muy intensos y hacer reflexionar al lector tras haberlos leído. Yo he leído unos cuantos y me han parecido fascinantes porque te obliga a usar tu propia imaginación mucho más que cualquier otro texto narrativo ya que al ser tan breve no suele darte contextos, una historia previa, ni siquiera te presenta los personajes. Es como mirar una fotografía de un momento de una historia aún mayor.
Y como he estado investigando las reglas y las características de estos textos, me he propuesto escribir alguno y compartirlo con vosotros. Aunque al ser el primero, no estará muy bien. Si alguien que lo lea, quiere dejar algún comentario con su opinión recordar esto último.
Bueno ahí va, en primicia, mi primer microrrelato:

 
Ahí estaba todo lo necesario. Podría hacerlo. Las herramientas dispuestas y en su mano: una cebolla. Grande y redonda.
Pronto sería tarde. El caldo rebosaba por los bordes de la cazuela de mil comidas. Alzó el cuchillo para cortar la cebolla. Podía hacerlo. No era difícil.
-Sólo estoy preparando una sopa para mi familia- se recordó.
Apretó la cebolla y los labios. Pero ésta acabó cayendo al suelo y su pie la aplastó con violenta resignación.
-Cenicienta- rugió su hermanastra.- ¡Serás lenta! ¡Hoy no irás al baile!-
Apretó el cuchillo y los dientes, una vez más.

<<La cebolla envenenada>>
Espero que os haya gustado ^^

miércoles, 19 de junio de 2013

Corte 7

¡Hola visitantes!
Por fin ha llegado el final de <<Cortes>>.
Ahora podréis saber el desenlace final de esta historia. Espero que si alguien la ha leído, le haya gustado.^^


Corte 7: Heiji.

 
<<Mis manos>> pensó Heiji cuando vio la piel blanca y estirada en torno a los reposa brazos de la silla. Los soltó y las movió hasta que sintió al calor de la sangre fluyendo a través de ellas.

Se puso en pie y se movió por la sala sin saber a dónde mirar o qué hacer.

Todo había sido tan rápido y caótico que sentía como si su cerebro todavía estuviera asimilando el principio.

<<Lucia ha tenido un accidente>> pensó una vez más <<Se ha caído por las escaleras>> continuó <<Ahora está en el hospital>> Se pasó una mano por los ojos cuando notó que éstos se le nublaban <<Tú estás en una sala del hospital esperando a los médicos>> Las manos estaban ya tan calientes que ahora le sudaban <<No sabes si está bien o si le ha pasado algo malo>>

Sacudió la cabeza y se acercó a un ventanal de cristal que daba al pasillo del hospital. Veía a los enfermeros y doctores pasar de aquí para allá ajenos a su dolor. Las lámparas amarillentas arrojaban una luz enfermiza sobre las camillas y los pacientes que se paseaban cargando con sus goteros.

Le llegaban sus gemidos y sollozos ahogados mezclados con los pitidos intermitentes de maquinas.

Se giró hacia la habitación sintiendo que la respiración empezaba a atragantársele en el cuello. Intentó aflojarse la corbata del uniforme para poder respirar y miró el resto de la habitación.

Vio batas a medio colgar en una silla que se arrastraban por el suelo, papeles desordenados por los rincones, una vieja televisión que sólo mostraba interferencias. Toda la sala estaba impregnada de ese olor típico de los hospitales que se le metía por la nariz y no dejaba pasar al aire.

Se apoyó en la mesa con una mano. El corazón le palpitaba tan fuerte que oía el eco de sus golpes en el pecho.

<<Me ahogo>> pensó asustado. El aire no llegaba a sus pulmones. No podía respirar. Le entró el pánico y creyó por un instante que iba a morir. Se resbaló hasta la silla y bajó la cabeza. Todo le daba vueltas.

<<Lucia… Lucia…>>

No. Tenía que aguantar.

¿Y si ella se despertaba y él no estaba? Tenía que estar ahí cuando ella se recuperara. Porque se recuperaría. Ella era fuerte, mucho más valiente que él así que… estaría bien.

Se centró en esa idea y trató de respirar. Se esforzó en coger aire y en condurarlo en su interior, se obligó a dejarlo salir todo lo despacio que podía. Y repitió la operación varias veces hasta que sintió que la sensación de ahogo empezaba a desaparecer.

-¿Te encuentras bien, chico?-

Heiji levantó la vista. Un médico acababa de entrar pero no se había dado cuenta. Asintió con dificultad y notó el rostro empapado en sudor helado.

-Soy el doctor Nakamura, he tratado a Lucia- le indicó.

-¿Está bien? ¿Cómo está ella? ¿Se pondrá bien?- El doctor abrió más los ojos, sorprendido y levantó las manos.

-Está bien- respondió a toda prisa.- Lucia ha sufrido un golpe en la cabeza y perdió el conocimiento pero fue bastante superficial. Le hemos hecho pruebas y el cerebro está bien. Pronto despertará.- Heiji suspiró y dejó su cuerpo colgando de la silla. Se frotó el rostro, el pecho todavía le dolía pero el corazón le estaba dando una tregua.- Debido a la caída los peores golpes han ido a parar a las costillas y a la espalda, pero afortunadamente no tiene nada roto.-

Heiji sonrió. Estaba bien… estaba bien… Levantó la vista, algo más tranquilo.

-¿Cómo está el bebé?- preguntó.- Lucia está embarazada.- El doctor se tocó el cuello mientras se sentaba en la mesa frente a él.

-Lo sé. Da la casualidad de que Lucia vino esta mañana a por los resultados y yo mismo le di la noticia- le dijo. Se removió en la silla y miró al chico que tenía frente a sí. Dudó, pero en seguida recompuso su expresión de seriedad.- Lo siento. Pero al caer también se golpeó el vientre y el bebé… no ha podido resistirlo. Era muy pequeño.-

Heiji sostuvo la mirada del médico hasta que la idea caló en su cerebro y tuvo que apartarla. El bebé… después de todo lo que había ocurrido, el bebé ya no estaba.

No podía creerlo.

-Pero ¿Qué ha pasado?- preguntó Heiji.- ¿Cómo ha podido pasar esto?-

-La policía tiene a un testigo que dice que alguien empujó a Lucia por las escaleras- le reveló. Heiji dio un respingo.

-¿Qué alguien la empujó?- repitió.- Pero, no… no es posible. ¿Quién haría algo así? ¿Por qué?-

-Al parecer Lucia se paró en mitad de las escaleras, donde éstas hacían una curva y otra persona bajaba a toda velocidad. Chocaron y Lucia cayó al no poder mantener el equilibrio. Los policías creen que fue un lamentable accidente.-

¡¿Lamentable accidente?!

-Pero ¿Quién lo hizo? ¡¿Quién fue?!- exclamó Heiji furioso.

-El testigo no está seguro pero…-

-¡Pero ¿Qué?!-

-Cree que se trataba de otra joven. De pelo oscuro que le tapaba parte del rostro.- Contó el médico.- Cuando Lucia cayó, la joven se asustó y salió corriendo hacia un ascensor. El testigo fue a socorrer a Lucia así que no la vio bien.- Heiji volvió a apretar los reposa brazos pero con los puños y de pura ira. No podía creer lo que oía… El doctor le observó y se inclinó sobre la mesa en su dirección.- Escucha, debes de sentirte muy mal por ese bebé pero, ya no se puede hacer nada. Lo importante es que Lucia se recuperará pronto.-

Heiji tardó en reaccionar. La ira le consumía y no estaba acostumbrado a esa clase de sentimientos. No sabía cómo manejarlos. Sentía que la sangre le hervía y era más fuerte eso que la tristeza que el odio aplastaba en su interior.

Pero intentó serenarse. Pensó en Lucia. Sola y tendida en una cama de hospital y esperándole a él y sin saber nada de lo que había ocurrido.

-¿Cuándo podré ver a Lucia?- preguntó Heiji.

-En cuanto despierte- respondió el doctor.- Te avisaré yo mismo.- se puso en pie y Heiji le imitó. Le sacó de la habitación y le condujo hasta la sala de espera.- De verdad que lo siento- le dijo antes de marcharse.

Heiji asintió y le vio alejarse despacio. Y no supo por qué, no pudo apartar la vista hasta que se perdió entre los otros médicos y enfermeras que por allí deambulaban.

Miró la hora por primera vez en toda la noche. Sólo eran las dos de la madrugada. Esa noche se le había hecho eterna… y le asustó pensar que aún no había terminado. Heiji hubiese preferido mirar por la ventana y ver al sol despuntar.

Estiró el cuello y los brazos y se acercó al mostrador de recepción para preguntar si le dejaban hacer una llamada.

 
Fue corriendo por el pasillo, pero se cuidó de abrir la puerta de la habitación con cuidado. Asomó la cabeza por el hueco y vio la cama al otro lado. Entró en silencio, caminando despacio y fijándose en todo para no tropezar con nada.

Se acercó al borde y vio a Lucia tumbada hacia la ventana. Cuando estuvo lo bastante cerca de ella, Lucia debió oírle, porque lentamente se giró hacia él.

Tenía el rostro pálido y una venda en la frente. Heiji sintió un escalofrió al verla, pero forzó una sonrisa para no asustarla.

-Hola- le dijo.- ¿Cómo te sientes?-

-Dolorida- respondió con la voz ronca.- Tanto como si hubiese bajado rodando cuatro plantas.- Esbozó una medio sonrisa y Heiji intentó reprimir una risotada por la emoción de oírla hacer bromas.

-Los médicos dicen que te pondrás bien en seguida- le dijo.- Y sólo bajaste rodando una planta.-

-Lo dices como si eso no fuera suficiente impresionante- replicó ella. Trató de incorporarse un poco sobre la almohada.- Heiji… ¿Cómo está el bebé?-

La sonrisa de Heiji se borró de golpe y desvió la vista sin querer. La furia había desaparecido del todo así que había dejado el camino libre a la tristeza.

-El bebé…-

-Ya no está ¿verdad?- Heiji la miró con preocupación. Lucia cerró los ojos un instante para volver a abrirlos.- Lo sé. Ya no… noto ese presentimiento- Heiji no comprendió sus palabras pero le rozó la mano que tenía sobre las sabanas.

-Lo siento-

Lucia sacudió lentamente la cabeza.

-No lo entiendo- murmuró. Parpadeó y los ojos le brillaron fugazmente.- Ayer ni siquiera sabía que lo tenía y hace unas horas, ni siquiera lo quería. ¿Por qué ahora me siento tan mal?-Las lagrimas rodaron, silenciosas desde sus ojos hasta su barbilla. Lucia no se inmutó, parecía no darse cuenta de que lloraba.- ¿Por qué, Heiji?-

-No lo sé- respondió con sinceridad. La vio hacer una mueca de dolor y cerrar los ojos de nuevo intentando parar las lágrimas pero sin lograrlo. Sentía como el corazón se le rompía en mil pedazos con sólo mirarla.- Será verdad eso de que… sólo sabes cuánto te importa algo si lo pierdes.-

Finalmente, el llanto irrumpió en su cuerpo sacudiéndole mediante convulsiones. Lucia se cubrió el rostro con las manos y lloró en silencio.

Heiji se quedó mirándola, también sin hablar. No pudo acercarse a ella porque algo en su modo de llorar le decía que no sería capaz de consolarla.

El llanto de Lucia se prolongó, puede que no durante tanto tiempo como a Heiji le pareció. Se sentía tan impotente que los segundos pasaban ridículamente lentos.

Cuando por fin Lucia se serenó, Heiji le preguntó por el accidente, pero fue inútil. No recordaba nada excepto una figura sin rostro que se abalanzaba sobre ella en la escalera.

Puede que fuera mejor para ella conservar el menor número de recuerdos sobre aquello.

Lucia logró sentarse en la cama y con una expresión extraña, se atrevió a preguntar:

-¿Dónde está mi padre?-

-No te preocupes, le he avisado y viene de camino- Lucia frunció el ceño.

-¿En serio?- Bajó la vista hasta sus manos que jugaban con el borde de la sabana.- Creí que habría venido con nosotros teniendo en cuenta que me caí en su empresa.-

-Pero él no estaba allí- Lucia dio un respingo, confusa.

-¿Ah no?-

-Claro que no. Me costó un poco contactar con él porque lleva horas buscándote. Regresó a vuestra casa y se preocupó de que no estuvieras allí. Dijo que ha intentado llamarte pero tienes el móvil apagado. Le conté lo ocurrido, más o menos y se alegró de que estuvieras bien, me dijo que enseguida estaría aquí.-

Lucia parecía sorprendida y hasta descolocada, una reacción que Heiji no terminaba de comprender.

-¿Estaba… preocupado por mí?-

-Pues claro-

Lucia se quedó callada mirando a un punto indefinido. Sus cejas se arquearon y una sonrisa lenta acudió a su rostro, como si acabara de descubrir un secreto.

¿De verdad Lucia dudaba del amor de su padre?

Nunca lo había tenido claro, pero esa reacción no dejaba lugar a dudas. Ahora entendía porque le preocupaba tanto contarle lo del bebé.

En ese momento, la puerta se abrió y un hombre alto, trajeado y con una mirada de preocupación que le añadía varios años más a su apariencia, entró y miró a todas partes con urgencia.

-Papá…- susurró Lucia. Su voz sonó débil y trémula. Heiji nunca la había oído hablar de ese modo y le extrañó.

-Lucia- dijo el hombre. Y sus ojos se agrandaron al mirarla. Avanzó por la sala en dirección a la cama y Heiji se puso en pie de un salto para quitarse de en medio.

-¿Estás bien? ¿Cómo te encuentras?- preguntó su padre. Lucia le miraba confusa, casi fascinada como si no le reconociera del todo.

-Estoy bien- respondió después de varios segundos.

Padre e hija se contemplaron como si hiciera años que no se veían. Era extraño observarlos.

-Los médicos dicen que se recuperará enseguida- explicó Heiji al ver que nadie parecía dispuesto a hablar.

El padre de Lucia se giró hacia él. Le escrutó con sus ojos oscuros y le tendió la mano. Heiji la cogió preparado para estrecharla, pero el hombre tiró de él y le abrazó con fuerza durante unos segundos, un tanto incómodos.

Heiji alcanzó a ver la mirada de sorpresa de Lucia desde la cama. Lo que él sintió se alejaba de ese sentimiento y se acercaba más al terror.

El hombre le soltó del mismo modo brusco y entonces sí, le estrechó la mano.

-Tú has cuidado de mi niña. La has traído aquí, no te has apartado de su lado.- le miraba con tanta intensidad que Heiji estuvo a punto de bajar los ojos.- Gracias. Muchas gracias. Jamás podré pagarte lo que has hecho.-

Heiji estaba tan abrumado que primero tuvo que soltar una gran cantidad de aire, para después hablar.

-No habría podido hacer otra cosa-

El padre de Lucia le puso una mano en el hombro y le dio un apretón.

Después volvió a centrarse en su hija. Y Heiji se dio cuenta de que aquel era el mejor momento para salir a dar una vuelta por el hospital.

Se despidió de los dos y se dirigió a la puerta.

Salió al pasillo y aunque ese olor desagradable de hospital llenó su nariz cuando respiró hondo, le resultó totalmente liberador. Como si fuera la primera bocanada de aire de una mañana precedida por una noche de pesadillas.

Esto ha sido todo.
Nos vemos el domingo con una nueva historia en la sección Biografía.
Hasta la próxima, visitantes.
 

 

lunes, 17 de junio de 2013

Corte 6

¡Feliz lunes, visitantes!
Como toca, os traigo el corte 6 de nuestra historia. No queda nada para que acabe y como hace tiempo me prometí que no volvería a dejar a nadie leer nada que no estuviera acabado, mañana os colgaré el desenlace.
Si alguien la ha estado siguiendo, espero que le haya gustado.


Corte 6: La extraña.

Sólo con acercarse, las puertas se abrieron de par en par y dejaron el camino abierto al amplio hall de las oficinas.

Lucia y Heiji entraron cogidos de la mano y observaron el espacio tan espléndido y enorme que se abría ante ellos.

Las oficinas del padre de Lucia reflejaban el lujo y la elegancia típicos de un hotel de cinco estrellas sin serlo. Lucia observó la expresión de asombro de Heiji. Ella ya estaba acostumbrada.

-¿Seguro que seguirá trabajando a estas horas?- le preguntó. Ella asintió sin atisbo de dudas.

-Por ese pasillo están las escaleras y los ascensores. El despacho de mi padre está arriba del todo.-

-Bien, vamos- dijo Heiji y echó a andar, pero Lucia tiró de él y le hizo parar.

-¿Te importa si voy sola? Creo que prefiero hacerlo así, además… tenemos una conversación pendiente desde hace tiempo.- Heiji dudó, pero finalmente aceptó que fuera sola.-De todos modos, tú quédate cerca de la puerta por si tenemos que salir corriendo.- bromeó. Heiji sostuvo una carcajada y le sonrió de forma amplia.

-Suerte- le dijo.

Lucia le dijo adiós con la mano y salió del hall.

Fue directa a los ascensores y pulsó los botones. Por desgracia, uno estaba estropeado y los otros dos estaban parados en las plantas superiores. Esperó un poco, pero ninguno se movió.

<<Genial. Tengo que subir hasta la séptima planta>> pensó con fastidio.

Fue hasta las escaleras y comenzó el ascenso.

Al principio subía los escalones con normalidad pero cuando hubo dejado atrás los rellanos de la primera y la segunda planta, empezó a ir más despacio.

Su cerebro había intentado ordenar las palabras que pensaba decir, pero todo provocaba que apareciera en su mente el rostro enfurecido de su padre. Tal vez no valía la pena intentar organizar un buen discurso, probablemente cuando lo tuviera delante se quedaría en blanco.

A cada peldaño que subía se sentía más cansada, los músculos le tiraban como si hubiese corrido varios kilómetros y el cosquilleo que le acompañaba desde la clínica se había convertido en un dolor que parecía perforarle el estomago.

Se quedó sin respiración al llegar al rellano de la tercera planta y le costó muchísimo llegar al de la cuarta. Tuvo que pararse y apoyarse en la pared mientras se sostenía el vientre que no dejaba de revolverse.

-Tranquilo- susurró.- No pasa nada- Pero el presentimiento se había vuelto loco y le estaba destrozando por dentro. ¿Sería el pánico que sentía? Después de todos los estados que había experimentado en ese día interminable, ahora era cuando verdaderamente estaba aterrada.

-¿Se encuentra bien, señorita?- le preguntó un joven conserje que pasaba por allí. Lucia se separó de la pared mientras se pasaba una mano por la frente para secar el sudor.

-Sí, estoy bien-

El conserje se puso a barrer el rellano y ella se dirigió a las escaleras. Empezó a subir mientras se masajeaba el vientre para intentar aliviar los pinchazos, pero cuando iba por la mitad tuvo que detenerse para respirar de nuevo.

Se sujetó a la barandilla y bajó la cabeza mientras respiraba hondo.

¿Qué le estaba pasando? Tenía que calmarse… oía los latidos veloces de su corazón en sus oídos, como un tambor acelerado. Golpes rápidos que cada vez oía más fuerte y más cerca.

Entonces, Lucia se dio cuenta de que no era sólo su corazón lo que estaba oyendo. Eran pasos. Cuando levantó la vista, sólo alcanzó a ver una figura tan encima de ella que fue como si una sombra saltara sobre ella y la cegara. Sintió el golpe contra su cuerpo y que perdía el equilibrio. Intentó apretar la mano que se sujetaba a la barandilla, pero no pudo soportar el peso y se soltó.

Se sintió caer hacia atrás y que el corazón le daba un vuelco. Los ojos se le cerraron por inercia y el vértigo fue completo hasta que sintió el golpe y después, la sombra creció hasta que no quedó nada a su alrededor.

Nos vemos mañana para desvelar el final
Hasta entonces ^^
 

 

 

domingo, 16 de junio de 2013

Corte 5

¡Buenas, visitantes!
Ya sé que dije que cada día subiría un nuevo corte de la historia y que me he retrasado un poco, pero como ya sabréis (porque creo que os lo he repetido varias veces por aquí como una pesada), éste era el último día de la Feria del Libro y he estado visitándola y despidiéndome hasta el año que viene.
Me encanta la Feria y me da penilla que se haya acabado, aunque reconozco que es una buena noticia para mi economía que se ha visto terriblemente dañada estos días:
 
Igual se me ha ido un poco de las manos...
En fin, a lo que iba. Hoy regreso para traeros un nuevo corte, el corte 5. Cada vez está más cerca el desenlace, así que estad atentos. Y dejad un comentario si podéis.
 
Corte 5: La clínica.
 -La transferencia del dinero ya ha sido tramitada. Comenzaremos en unos minutos, lo están preparando todo- les dijo una enfermera rubia y de piel blanquecina y perfectamente lisa. Les tendió una pequeña carpeta.- Mientras tanto podéis ir rellenando estos formularios, con la máxima sinceridad excepto… bueno, son documentos oficiales así que en los apartados que respectan a la edad estaría bien que contestarais… en fin… con…-
-¿Con creatividad?- probó Lucia. La enfermera sonrió de forma un tanto cortante y se fue.
Lucia cogió la carpeta y vio a la enfermera desaparecer hacia uno de los mostradores.
Antes de centrar su atención en los documentos, no pudo evitar lanzar una mirada circular al lugar donde se encontraba.
La clínica estaba bastante bien. Sawako no había mentido, todo parecía de lo más profesional y Lucia por fin estaba tranquila. Tenía la sensación de que todo empezaba a ir bien y que había logrado recuperar el control. Miró a su alrededor y todo parecía brillar.
Las paredes blancas, los mostradores, el tapizado de las sillas e incluso los cristales de los ventanales que mostraban la serena oscuridad del exterior.
La sala de espera era tranquila. Algunas personas esperaban su turno con paciencia junto a ellos y Lucia oía el rumor de otras conversaciones junto a un delicado hilo musical que parecía provenir de todas partes.
Se quitó el abrigo y la bufanda y los dejó a su lado para empezar a escribir.
-¿Estás nerviosa?- le preguntó Heiji. Ella levantó la mirada y se encogió de hombros.
-No. La verdad es que no- respondió. Heiji en cambio tenía las cejas fruncidas y los labios levemente apretados.- ¿Tú sí?-
-¿No te preocupa la operación?- le preguntó de seguido. Inclinado hacia delante se apoyaba en sus codos que reposaban a su vez en sus piernas. Movía los dedos en un temblor que podía ser voluntario o no.- Creo que habría sido mejor venir mañana, de día-
-¿Te preocupa que los médicos estén medio dormidos?- preguntó Lucia sonriendo. La broma no relajó a Heiji que se encogió sobre sí mismo en la silla.- No es una operación de verdad. Es una pequeña intervención sin importancia. Ya has oído lo que han dicho, sólo durará unas horas y podré irme a casa.-
-Dijeron “si todo salía bien”- recordó Heiji. Lucia ocultó una pequeña sonrisa ante los exagerados nervios de su novio. La verdad es que aquel era el primer momento en que se sentía realmente relajada en todo el día. Ni siquiera sentía al odioso presentimiento.
Se inclinó hacia delante y miró a Heiji.
-No te preocupes. Todo irá bien- le aseguró. Heiji la miró fijamente y Lucia le tendió una mano que él atrapó al instante.- En unas horas todo habrá terminado. Y todo estará bien.- Le apretó la mano y Heiji asintió. -¿Tú estarás bien?- Heiji volvió a asentir, muy serio y sin dudar.- Bien-.
Todo estaba bien. Por fin todo encajaba y parecía que el día estaba a punto de acabar de un modo lo bastante bueno como para desear que llegara el día siguiente.
Era extraño pero Lucia sentía una triste alegría que pesaba sobre ella y a la vez la hacía sentir ligera. Una felicidad culpable que nunca había sentido con esa intensidad. Supuso que sería algo normal dada la situación y evitó centrarse en ella.
Cuando se despertara por la mañana, todo volvería a ser normal y sería casi como si ese día no hubiese existido.
Se acercó a Heiji y le besó con suavidad. La dulzura natural de Heiji entró en ella y sirvió para mandar lejos todos los pensamientos desagradables.
Entonces, Lucia oyó una tos encima de su cabeza.
Cuando miró hacia arriba, una enfermera distinta a la anterior pero también rubia y de tez tersa como la seda le devolvió una mirada un tanto severa.
-¿Habéis terminado?- les preguntó.- Con los formularios- Lucia le tendió la carpeta. La enfermera comenzó a revisarla mientras chasqueaba la lengua.- Sabéis que si seguís así es posible que pronto nos veamos de nuevo.- Lucia ignoró el comentario y vio a Heiji desviar la mirada, avergonzado.- Está todo bien. Acompáñame-
Los dos se pusieron en pie a la vez pero la enfermera levantó una mano en dirección a Lucia.
-Sólo ella- dijo.- Tú puedes esperar aquí-
-¿No puede venir conmigo?-
-Los padres sólo pueden entrar en los partos. En este otro procedimiento, la política de la clínica es que se queden fuera.- Con cada comentario el tono de la enfermera iba volviéndose más duro y cortante, sonaba incluso severo. Lucia supo que sería imposible discutir nada con ella, así que se despidió de Heiji que prometió esperarla hasta que saliera.
-Tardaré varias horas- le dijo.- Sería mejor que te fueras a casa a dormir. Yo puedo volver sola a casa.-
-Ni hablar- dijo Heiji con firmeza. La cogió la mano y le dio un ligero apretón. Lucia sonrió y sólo le soltó cuando empezó a alejarse.
Siguió a la enfermera fuera de la sala de espera y en silencio. Entraron por un pasillo amplio e iluminado por intensos fluorescentes y del que Lucia no podía ver su fin.
Siguió los pasos de la mujer y según se alejaba sola y se iba acercando a la habitación donde realizarían la intervención, Lucia captó como las voces de la sala de espera se iban apagando poco a poco y la temperatura iba bajando cuanto más se adentraban en aquel pasillo. Alcanzaron unos relucientes ascensores que dejaron atrás y la luz empezó a decrecer. Se iba volviendo tenue pues la mayoría de bombillas estaban apagadas o parpadeaban.
Cada vez había más silencio pero por fin, la enfermera se detuvo y la indicó que pasara por una puerta que tenían a su derecha. Daba a una estancia blanca, con una camilla y una cortina extendida. Había algunos armarios también y un ventanuco que sólo mostraba el cielo nocturno.
-Quítate la ropa y espera aquí dentro. El doctor llegará enseguida para examinarte.- Lucia asintió y la enfermera salió a toda prisa sin dejarle hacer ninguna pregunta.
Lucia respiró hondo y empezó a desnudarse.
Se quitó el uniforme y las medias y lo dejó todo sobre la camilla. Decidió dejarse la ropa interior hasta que alguien llegara. En aquella sala hacia mucho más frío que en el resto de la clínica y sentía la piel de gallina por todo su cuerpo.
Se cubrió el torso con los brazos en un intento de sentir menos el frío, pero no resultaba muy eficaz. El frío le provocaba un cosquilleo desagradable en el estomago, así que se sentó de un salto en la camilla y empezó a balancear las piernas.
Hasta el suelo era de un blanco resplandeciente que parecía prometer soluciones fáciles y esperanzas abrumadoras. Lucia cogió un montón de aire y lo soltó de golpe mientras se frotaba los brazos.
De pronto, su falda vibró.
Buscó entre la ropa y descubrió que había olvidado dejarle el móvil a Heiji. En la pantalla aparecía el nombre de Rumi y Lucia se preguntó qué querría a esas horas. Estuvo a punto de colgar y apagar el móvil, pero en un impulso respondió.
-¿Qué pasa Rumi? Ahora no puedo hablar-
-Lucia-chan- no era la voz de Rumi.- Por fin te oigo…- era la voz pastosa y titubeante de la chica de la discoteca.
-¿Chizu?-
-Soy yo-le dijo.- Quería hablar contigo. Es muy importante, Lucia-chan.-
-Es que ahora mismo no es un buen momento, estoy… bastante ocupada- intentó explicar Lucia pero oyó una especie de gemido que sonaba a queja al otro lado del teléfono.
-Es muy importante. Me he dado cuenta de algo muy importante y tenía que decírtelo.- Lucia suspiró inquieta.
-¿De qué se trata?-
-He decidido ir ahora mismo a ver a mi padre y le voy a decir: “Papá ¿Por qué no te gusto?”- Lucia sacudió la cabeza.- Porque he pensado que no es justo. Todos los demás hombres pueden despreciarme si quieren pero mi padre no. Él no. No está bien. Los padres deberían querer a sus hijos pasé lo que pasé ¿No crees?- Lucia guardó silencio pero Chizu insistió.- ¿No lo crees, Lucia-chan? ¿No crees que un padre siempre debería querer a su hijo?-
-Supongo…- respondió a media voz. Sintió un latigazo en el estomago que casi le hizo dar un respingo.-… supongo que sí. Siempre que estén preparados para eso.-
-¡Claro! ¡Yo no pedí venir a este mundo!- exclamó Chizu. Se calló unos instantes.- Gracias Lucia-chan, eres muy buena amiga. Voy a colgar… creo que Rumi está saliendo del baño. Adiós- Y Lucia oyó un golpe, como si el móvil hubiese caído al suelo.
Ella colgó y dejó el teléfono sobre su ropa después de apagarlo.
Se quedó mirándolo con las palabras de Chizu rondándole hasta que dio un golpe con la mano en la camilla y de un salto se puso en pie. Seguía teniendo frío y nadie aparecía por allí.
¿A qué estaban esperando?
Empezó a pasearse por la habitación frotándose el vientre sin darse cuenta.  Cuando fue consciente de lo que hacía apartó la mano de golpe y se cruzó de brazos.
El cosquilleo era cada vez más intenso. En esa habitación seguía bajando la temperatura cada segundo que pasaba, así que Lucia se cubrió con la camisa del uniforme mientras se acercaba a la puerta para echar un vistazo.
Antes de que llegara a rozar el pomo oyó voces.
-Otra menor…- dijo una de las voces. Escuchó que alguien chasqueaba la lengua y Lucia pensó que se trataba de la enfermera rubia tan borde.
-¿Y qué?- dijo otra voz.
-Pues que yo conozco a muchas mujeres que no pueden tener bebés y por aquí no paran de pasar crías que se deshacen de ellos con toda la calma del mundo.- explicó la enfermera.- Ya sé que unas niñas como éstas no serían buenas madres, pero podrían tenerlos y darlos en adopción para la gente que no puede tenerlos. Eso sería mucho mejor en mi opinión.-
-No nos pagan para dar nuestra opinión- replicó la otra voz.- ¿Está lista la chica? Pronto vendrá el médico para “deshacerse del bebé”-
-¡Pero es cierto! ¡Otro pobre bebé que no nacerá!-
Pasaron caminando por delante de la puerta y Lucia logró ocultarse a tiempo para que no la vieran.
Se apoyó en la pared y escuchó las voces alejarse.
La respiración se le aceleró por el miedo a que la descubrieran y de pronto notó una arcada. Se llevó una mano a la boca y trató de respirar despacio. El estomago había comenzado su, ya bastante habitual, danza de las nauseas.
-No, para- susurró Lucia.- No me hagas vomitar ahora- Y sintió una nueva arcada, mucho más fuerte que le obligó a cerrar los ojos.- Basta, basta. Ya está bien. Esto no es justo. No sería una buena madre, ya lo has oído.- Otra arcada que casi la obligó a doblarse.- Oye, esto me gusta tan poco como a ti pero… - y entonces, Lucia captó su imagen en el ventanuco y se le cortó la voz.
¿Qué estaba haciendo? ¿Con quién estaba hablando?
 
Atravesó el pasillo en penumbras a toda velocidad hasta pasar los ascensores, siguió caminando haciendo un ruido horrible con sus zapatos y por fin vio la luz de la sala de espera. Llegó a la puerta, pero no se detuvo. Siguió avanzando sin aminorar su marcha y cruzó la sala de espera en pocos segundos.
Se plantó ante la salida después de dejar atrás el mostrador de recepción y salió a la calle. El frío la recibió y por una vez lo agradeció. Caminó aún unos cuantos metros hasta que vio la luz del letrero de la clínica extinguirse.
Entonces se detuvo. Se paró y se dedicó a recuperar la respiración mientras miraba hacia el suelo y se cubría el vientre con las manos.
No tardó en oír que pasos apresurados se acercaban a toda velocidad y una voz decía su nombre.
Heiji llegó corriendo, cargando con su bolso y su abrigo en las manos y con una profunda mirada de desconcierto.
-No he podido hacerlo- dijo Lucia antes de que Heiji le preguntara.-No he podido. Estaba sentada en ropa interior y estaba tranquila pero me ha llamado Chizu y me ha preguntado que si no pensaba que los padres debían querer siempre a sus hijos…-
-¿Quién es Chizu?-
-Y después las enfermeras… no dejaban de decir la palabra “bebé”. Yo no había pensado en él como un bebé, yo sólo pensaba en una célula o algo así. Algo sin importancia pero cuando han empezado a hablar sobre bebés me he imaginado uno. Y después tenía ganas de vomitar, llevo todo el día con ganas de vomitar y yo nunca vomitaba antes… y he pensado que a lo mejor era el bebé que me hacia vomitar porque era su manera de decirme que no le gustaba lo que estaba haciendo. Y a mí tampoco me gustan cosas que han hecho mis padres y nunca me han escuchado…-
Se detuvo cuando volvió a estar sin respiración. La cabeza le daba botes, como si palpitara con fuerza. Se llevó las manos a la cabeza y cerró los ojos con fuerza.
-No puedo matarle, Heiji- dijo al fin.- Ya he hablado con él, no puedo… lo siento.- Se atrevió a levantar la vista pero no supo interpretar la mirada de Heiji.
Esperó que le dijera algo, pero simplemente ladeó la cabeza y se acercó a ella para cubrirla con su abrigo.
-Está bien- le dijo. Lucia estaba demasiado nerviosa así que le apartó con un leve empujón.
-¡No está bien!- exclamó.- ¡¿Qué voy hacer ahora?! ¡Mi padre me matará! ¡Él se volverá loco!-
-No, no lo hará. Tu padre te quiere y lo entenderá- La agarró de los hombros y la miró muy serio.- Se lo explicaremos y tendrá que aceptarlo ¿De acuerdo? Lo más importante es que estaremos los tres juntos, pasé lo que pasé.-
Lucia quiso creer en lo fácil que parecía cuando Heiji lo decía así. Pero le sonaba a fantasía.
En cualquier caso, lo único que tenía claro en esos momentos era que no podía deshacerse del bebé. Así que fuera como fuera, había llegado el momento de enfrentarse a su padre.
Y si había llegado el momento de que su padre la viera tal y como era en realidad, tenía que enfrentarlo.
Se apoyó en Heiji, agotada mientras asentía con la cabeza. Heiji la rodeó con sus brazos.
-Tranquila, todo irá bien- le susurró. Igual de seguro de lo que ella estaba cuando le había dirigido esas mismas palabras un rato antes.- Vamos, te llevaré a casa. Descansa esta noche y mañana hablaremos con él.-
-No- dijo Lucia.- Tengo que decírselo hoy. Mañana podría echarme atrás otra vez.-
-Bueno, igualmente te llevaré a casa-
-Él no estará allí-
 
Bueno, visitantes. Sólo faltan dos para saber cómo acabará todo esto.
Hasta otra.^^