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lunes, 6 de mayo de 2013

Desenlace...

Buenos días, visitantes!
Hoy os presento el desenlace de la historia del príncipe Dylan y el hada Lilith. Si quieres descubrir si el plan de Dylan tiene éxito y logra salvar su reino del terrible calor, ha llegado el momento de saberlo. ^^

3ª Parte:

Cuando nuevamente hubo anochecido, Dylan hizo a copio de toda su seguridad y confianza y acudió a reunirse con Lilith en el punto del bosque donde ella le esperaba, bastante nerviosa.
-Llegáis tarde- indicó ella. Se frotaba las manos con nerviosismo.- Por un momento he pensado que quizás os lo habéis pensado mejor y habíais considerado que todo este plan no era buena idea...-
-Yo nunca me rajo- replicó Dylan con orgullo.
-No he querido decir eso, sólo...-
-Basta- la calló él. Sonrió mientras observaba el cielo, totalmente despejado <<aunque no por mucho>> pensó. Fijo sus ojos nuevamente en los del hada.- He mirado desde la azotea del castillo en dirección a Kazzusun, como no, su cielo está totalmente cubierto por nubes con aspecto de estar a punto de dejar caer sus aguas- relató.- Lilith, tu misión es atraer esas nubes hasta aquí lo más rápido que puedas, y una vez que estén aquí yo usaré un hechizo para enfriarlas hasta que las gotas empiecen a caer.-
-Todo eso parece muy fácil dicho así- opino Lilith.- Pero ¿y si no puedo atraer las nubes como vos queréis?-
-Lilith no me gusta esa actitud- dijo Dylan.- Debes tener más confianza- Lilith arrugó la nariz.- Estoy seguro de que todo va a salir bien. Será mejor que empieces enseguida, antes de que amanezca-
Lilith se colocó en el centro del claro, cerró los ojos y empezó a concentrarse.
Invocó los poderes de su pueblo, el poder sobre el aire... realizó en voz baja diferentes cánticos hasta que sintió la fuerza invadiendo su pequeño cuerpo.
Sus ojos se oscurecieron aún más y se clavaron en el cielo. Lilith dejó de ser ella para que su espíritu volara hasta el aire que había sobre su cabeza. Extendió las manos y los brazos y lanzó una orden al cielo en el extraño lenguaje de las hadas.
Dylan contuvo la respiración mientras miraba hacía arriba esperando ver las nubes llegar zumbando. Cada segundo que pasaba sin rastro de ellas el ánimo le bajaba un poco más y su confianza menguaba. No quería pensarlo pero quizás había sido demasiado egocéntrico al pensar que conseguiría algo así. Y sólo para que su madre le tuviera más respecto.
De repente, Lilith se desplomó en el suelo. Dylan corrió hacía ella y la tomó con cuidado entre sus brazos.
-¿Qué ha pasado?- preguntó mientras le apartaba el pelo de la cara y trataba de buscar su mirada. Ella logró abrir los ojos. Estaba demasiado agotada por lo que había hecho y no conseguía mantenerse en pie.
-Estoy bien- dijo con dificultad. Dylan la interrogó con la mirada y  Lilith respiró hondo y señaló con debilidad al cielo.- Mira...-
Dylan levantó la vista... y ahí estaban.
Las nubes habían acudido a la llamada de Lilith empujadas por el viento que aún soplaba con fuerza.
-¡Lo has conseguido, Lilith!- exclamó Dylan con emoción, pero el hada negó con la cabeza.
-No lo celebréis todavía, majestad- murmuró antes de caer exhausta.
Dylan levantó la vista de nuevo y se dio cuenta de que algo no iba bien. Las nubes debían haberse parado sobre el bosque, y sin embargo aún estaban en movimiento.
El viento que Lilith había provocado para atraerlas no se había detenido y seguía empujándolas con demasiado fuerza. Para más problemas, algunas de ellas habían chocado entre sí y habían empezado a surgir relámpagos en el cielo que lo iluminaban peligrosamente.
Dylan sabía que las tormentas de su mundo eran muy peligrosas, podían provocar desde incendios hasta otro tipo de desastres naturales si algún rayo llegaba a rozar el suelo.
Tenía que detenerlas antes de que se desatara algo peor.
Se dirigían en dirección sur, si llegaba antes que ellas a su castillo quizás  desde la azotea podría pararlas.
Dejó a Lilith acomodada bajo la protección de un árbol y echó a correr lo más rápido que pudo esquivando árboles y arbustos, cuidándose de no enredarse entre la vegetación y procurando evitar los tropezones.
Llegó ante su castillo en pocos minutos. En otro momento se habría parado a pensar en si su madre se habría enterado ya de lo que había provocado, pero en esa ocasión no podía pensar en ella, ni siquiera en la posibilidad de buscarla para pedirle ayuda. Aquello había sido todo idea suya, luego era su responsabilidad y por tanto tendría que ser él quien lo solucionara.
Subió las escaleras que llevaban hasta la parte más alta del castillo negro de Azzynor y se plantó en una de las almenas. Desde allí pudo ver el desastre que se acercaba de forma inexorable. Un cúmulo de nubes mezcladas con truenos y rayos iban directas hacia él, descargando su energía maléfica y peligrosa por donde pasaban.
Tenía que deshacer todo ese problema antes de que llegaran hasta el castillo o corría el peligro de que lo hicieran añicos con su madre dentro y con él en lo alto.
Ya faltaba muy poco, asi que empezó a concentrarse. Tendría que usar una gran cantidad de poder para detener aquello.
Buscó en su interior la fuerza y reunió todo el valor, el orgullo y todas esos estúpidos sentimientos de insensatez que le habían llevado hasta esa situación y los usó para impulsar su poder. 
Extendió las manos delante de él. Sí... ya lo sentía. Subía poco a poco desde el estómago, electrificando sus brazos y adormeciendo su cuello. La chispa de poder estalló en las puntas de los dedos de sus manos que vibraban con sólo el leve roce del aire.
<<Parad>>
Ordenó mentalmente. Pero las nubes no pararon. Dylan apretó los dientes y abrió los ojos. Miró de forma severa a las nubes como si se tratara de un súbdito más.
<<Yo Dylan, Príncipe de Azzynor os ordenó que os detengáis ahora>>
Las nubes vacilaron, pero se detuvieron.
Dylan sonrió.
Soltó todo el aire que había retenido en el pecho y ahueco las manos.
-Esparcios por Azzynor y derramar vuestras aguas por mi reino- ordenó.
Las  nubes empezaron a disiparse y a repartirse en todas las direcciones. Algunas volvieron al bosque, otras permanecieron sobre el castillo, el resto viajaron dirección sur hacia los pantanos de fuego. Después, todas ellas empezaron a llover al mismo tiempo. Comenzó como una leve llovizna que refrescó el ambiente haciendo desaparecer el calor que había dibujado sobre Azzynor un paisaje demasiado desértico. La lluvia se volvió fuerte e intensa y arrastró consigo lo poco que quedaba de esa sensación de pegajoso agobio que el intenso y continuo poder de los rayos del sol habían provocado.
Dylan cayó sobre sus rodillas en el suelo y cerró los ojos mientras sentía las gotas de lluvia precipitándose sobre él y empapando todo su cuerpo. Una ancha sonrisa de satisfacción se dibujó en su rostro.

La Reina Ariadnna asomó la cabeza por la ventana y una gota de lluvia le cayó en la nariz.
Le bastó un solo segundo de observación del ambiente para adivinar lo que había pasado. Cerró la ventana y se sentó con calma en su trono. Sus labios se curvaron en una sonrisa.
Quizás Azzynor no estuviera en tan malas manos como ella pensaba...

La lluvia continuó durante varias horas y todo Azzynor rejuveneció. El color verde volvió a sus bosques y todas las hadas y seres mágicos de Azzynor bailaron bajo las aguas. Gracias a este espectáculo la reina se calmó y todo volvió a su habitual paz.
Dylan se sentía muy orgulloso de sí mismo. Tenía la sensación de que después de aquello conseguiría todo lo que se propusiera a lo largo de su vida. Ahora estaba mucho más decidido a llevar a cabo sus planes de abandonar Azzynor para irse a la Tierra, aunque su madre estuviera ahora  más segura que nunca de que Dylan sería un buen Rey.
Pero antes de partir, Dylan sabía que había alguien a quien debía ver.
Se internó en el bosque una vez más. Y se recreó observando como todo estaba más húmedo y fresco que antes, como la vida había vuelto a crecer en ese territorio y como le miraban todos con renovado respeto y admiración ya que su hazaña se había hecho famosa en cada rincón de Azzynor.
Pero casi nadie sabía que no todo el mérito de lo ocurrido era suyo. Dylan sí lo sabía y no podía olvidar a quien había confiado en él y en sus posibilidades y le había prestado su ayuda.
La vio sentada frente a un pequeño lago que hacía semanas se había secado y que ahora volvía a contener agua. Lilith ya parecía estar mejor, había recuperado sus fuerzas y su poder había sido renovado gracias al bosque. Eso tranquilizó a Dylan en parte. Lo que más orgullo le reportaba es que nadie hubiese salido herido de aquel desastre que había provocado.
Se quedó observándola en silencio. Quería pensar que la experiencia de haber conseguido sus objetivos con la ayuda de un hada y no solo como siempre, le había hecho, tal vez, un poco más humilde. Y era algo por lo que tendría que dar gracias. Un Rey con demasiado poder corre el riesgo de que las ensoñaciones de sus triunfos futuros se le suban a la cabeza y como decía su padre, a un Rey demasiado cabezón, no le cabe la corona.
Lilith giró la cabeza hacía él y sonrió mientras se levantaba.
-Majestad- saludó Lilith con una cálida sonrisa.
-Lilith- respondió él.-Te he estado buscando, quería darte las gracias por lo que hiciste por mí y por el reino-
-Fue un placer ayudaros, pero vos fuisteis quien lo hizo todo-dijo ella.
-No, sin ti nunca lo habría conseguido- afirmó Dylan con rotundidad. Lilith sonrió de nuevo.
-Me alegro de que hayáis conseguido vuestro propósito- dijo Lilith.- Espero que  nuestros caminos vuelvan a cruzarse en otra ocasión, Príncipe Dylan-
-Lo mismo digo- convino él. Lilith asintió y cuando estaba a punto de irse, Dylan la llamó de nuevo. - Hay algo que quiero preguntarte desde hace tiempo...-
-¿El qué?-
-Dijiste que estaría solo mucho tiempo...- recordó Dylan. Lilith asintió.-... se dice por ahí...-
-¿Sí?-
Dylan suspiró, se sentía algo ridículo por hacer esa pregunta.
-¿Es verdad qué las hadas podéis ver el futuro?-preguntó Dylan. Quiso hacer ver que lo preguntaba sin interés como si de hecho no le importara. Pero Lilith, como siempre, supo ver la verdad en sus ojos.
-Claro que es verdad, pero sólo las más sabias saben hacerlo- matizó ella. Dylan no cambió su expresión.- Y da la casualidad de que yo soy una de las más sabias que hay-
-Entonces ¿hablabas de mi futuro enserio cuando dijiste que estaría solo mucho tiempo?- preguntó él mostrándose hasta cierto punto preocupado.
-Sí- respondió ella.
-Pues debes estar equivocada, ya que yo soy...-
-No estaba hablando de mujeres en general, no tendréis problemas con eso, no os preocupéis. Yo hablaba de la mujer de vuestra vida, de vuestro gran amor-
-¿Mi gran amor?- repitió Dylan. De repente había perdido casi toda la curiosidad.-Yo no creo en el amor verdadero.-

-Bueno, da igual que no creáis en ello pues, de todos modos, es real.-
-¿A qué te refieres en realidad?-
-A la chica que no podréis abandonar nunca, aquella que temeréis y os hará daño, de la que no desearéis lo que deseáis del resto, sino mucho más... aquella que os volverá loco, aunque no queráis- Dylan frunció el ceño.-Está lejos y aún hará falta que pasen algunos años para que la encontréis, pero aparecerá-
-¿Quién es?- preguntó.
Lilith se acercó al estanque que había recuperado el agua gracias al plan para atraer las lluvias de nuevo a Azzynor. Sus aguas eran cristalinas y estaban en calma. Lilith introdujo los dedos en él y formó una leve onda que perturbó todo el lago. Le hizo un gesto a Dylan para que se acercara a mirar en su interior.
El joven príncipe dio unos pasos y se inclinó sobre el agua. Miró más allá de su propio reflejo y más allá del fondo. Poco a poco empezó a ver una imagen... algo confusa al inicio, pero que se fue dibujando clara con el paso de los segundos. Era una habitación a oscuras, con una pequeña cama en un rincón. Allí, parecía dormir alguien. Se adivinaba la figura de una niña, dos o tres años más pequeña que él, acurrucada entre mantas y abrazada a un pequeño oso de peluche. Su rostro estaba medio tapado, apretado contra la almohada y a contraluz, pero Dylan pudo ver su cabello rubio sobre la cama cayendo en ondas.
-¿Es una... chica de la Tierra?- preguntó. Lilith no respondió.- Parece preocupada por algo- opinó él. Toda la escena proyectaba cierta aura de tristeza y melancolía.
-Así es-dijo el hada.-Os está esperando-
Dylan parpadeó cuando la imagen empezó a desaparecer. Se incorporó y su expresión de seriedad desapareció.
-Ni siquiera es mi tipo-dijo sin más. Lilith se encogió de hombros.
-Es una pena- murmuró con burla.
-Lilith, será mejor que dediques tu tiempo a otras cosas como a controlar mejor el viento- sugirió Dylan mientras se iba.- Porque la adivinación no es lo tuyo-
-Si eso pensáis, majestad- contestó ella.
Dylan desapareció de regreso al castillo. Lilith miró el agua de nuevo y sonrió de forma sabihonda.
-Pobre principito- susurró.- Os volverá tan loco que no recordaréis que no es vuestro tipo.-


Fin

Bueno, éste ha sido el final de la historia Dylan y el hada de la lluvia. Espero que os haya gustado mucho y que os hayáis acordado de dejarme algún comentario. ^^
Nos vemos en la próxima historia.

jueves, 2 de mayo de 2013

2ª Parte...!!

¡Buenos días, visitantes!
Hoy os traigo la segunda parte de la historia <<Dylan y el hada de la lluvia>>. Espero que os guste (y si os gusta comentad algo, jaja) y recordar que ya se acerca el desenlace del relato, aunque aún tendréis que esperar un poco más.
Si no habéis leído la primera parte, la encontrareis en la sección de Nuestras historias y si ya la habéis leído, corred a leer su continuación:

Parte 2:

Cuando regresó al castillo ya había decidido no contarle nada de lo ocurrido a su madre. Si había algo peor que sus sermones sobre el trabajo duro y la responsabilidad, eran sus charlas sobre la inflexibilidad y la severidad que debía mostrar para hacer que todos los seres del reino le respetaran.
Aunque resultó que tampoco hacía falta que hablara de ello para ganarse una regañina. Su madre estaba realmente furiosa porque se hubiera escapado a “vaguear” por el bosque.
Dylan miró de reojo el maldito espejo que pendía de la pared y deseó romperlo en añicos. Fue una larga conversación (en la que él no pudo participar) y en la que su madre le calificó de desobediente, irresponsable, descuidado, holgazán...
 -¡Ya basta!- exclamó Dylan enfadado.-¡ No me merezco todas estas humillaciones sólo porque...!-
-¡Yo no me merezco tu indiferencia y tu falta de interés por asuntos del reino como es el problema del agua!- respondió Ariadnna.-¡Eres el rey, por amor de Dios!-
-¡Aún no soy el rey!- estalló Dylan.
Se puso en pie de un salto y caminó como si fuera un huracán hacia la puerta y la cerró de golpe con la esperanza de que eso hiciera que se cayera el espejo de la pared y se rompiera, pero no fue así.
Se lanzó sobre la cama de su dormitorio, molesto.
Otra vez ese condenado problema del agua, otra vez los reproches... ¿por qué no podía dejarle en paz? A él no le interesaban esas cosas... y no lo hacía para fastidiar a su madre o por holgazanería, simplemente no quería tener nada que ver con eso.
No quería saber nada de reinos, ni de coronas, ni de deberes.
-¡Dylan! ¡Sal de ahí ahora, aún no hemos acabado!- gritó su madre desde el otro lado de la puerta.
Dylan negó con la cabeza, esa mujer era tan cabezona como él.
Pues no quería seguir hablando de eso. Se levantó de la cama y fue hacia la ventana. La abrió y antes de que su madre comenzara con una nueva retahíla de ordenes, se escabulló por ella.
Bajó con cuidado bordeando la fachada del castillo por los recovecos y cuando estuvo lo suficientemente cerca del suelo y pudo rozarlo con el pie, dio un saltito y echó a correr hasta internarse en el bosque. Por suerte ya había anochecido y el calor había disminuido.
Dylan dejó de correr cuando estuvo bien lejos del castillo. Se apoyó en la corteza de un árbol y suspiró mientras se apartaba el flequillo de la frente con el dorso de la mano.
Deseaba tanto dejar ese lugar para siempre y marcharse a la Tierra... allí estaría fuera de los planes de su madre.
Se deslizó pegado al árbol hasta quedar sentado en el suelo y cerró un instante los ojos.
-¿Ahora tampoco estáis dormido?- dijo una voz delante de él. Dylan abrió los ojos de golpe para encontrarse frente al mismo hada que le había molestado esa mañana.
-¿Qué haces tú aquí?- le preguntó.
-Soy un hada y estoy en el bosque- respondió con sencillez. Dylan desvió la mirada, le daba la impresión de que ese hada siempre le hablaba como intentando dejar claro que era más lista que él. Al ver que no contestaba, el hada empezó a dar golpecitos con su pie desnudo en el suelo.
-¿No tienes nada qué hacer por ahí?- soltó Dylan.- Deseo estar solo-
-Estaréis solo mucho tiempo- murmuró ella con voz seria al tiempo que se acariciaba el pelo. Dylan frunció el ceño... ¿a qué venían esas palabras? - Las hadas somos espíritus libres, no tenemos obligaciones si es a eso a lo que os referís-
-Ojala yo tuviera una vida tan poco complicada- susurró el príncipe. El hada arqueó las cejas y se movió.
-Dais la impresión de estar muy ocupado...- opinó.- ...durmiendo en el bosque...- Dylan no se  molestó en repetir que no se había dormido.
-Tú, hada, no tienes la menor idea de lo que significa la vida de un príncipe y sus obligaciones-
-Pero lo puedo imaginar, Dylan- sonrió ella. Dylan la respondió con una mirada asesina.- Príncipe Dylan- rectificó al instante.
-No, no puedes imaginar nada- contradijo él y se cruzó de brazos.- Todo lo que oigo a todas horas es <<Dylan tienes deberes>> <<Dylan tienes que ser más responsable>>...-
-No tenéis pinta  de querer ser rey. Los reyes tienen tantas y tantas responsabilidades...-
-Pero mi madre no lo entiende- admitió con fastidio, aunque en seguida se arrepintió de haber hablado más de la cuenta.- Pero no es asunto tuyo y no me gusta que me hables con tanta ligereza. No olvides quien soy- añadió levantando un dedo.
-Pues realmente, Majestad, parecíais deseoso de compartir vuestras penas con alguien-  
-No son penas- indicó él.- Y de serlo... no las compartiría con un simple hada-
-Puede que sea un simple hada, pero sé lo que es tener problemas con... otros que esperan demasiado de ti- Dylan levantó la vista.- Quieren que hagas cosas que no deseas hacer o que quizás no sabes si puedes...-
-¡Desde luego que puedo ser Rey!- afirmó Dylan con rotundidad. Sacudió la cabeza.- No, no... lo que yo necesito es una forma de callarle la boca a mi madre- El hada ladeó la cabeza hacía él que permaneció pensativo.- Pero ¿qué podría hacer yo para lograrlo?... tendría que ser algo realmente importante... algo que... que... –
-¿Algo que nadie más puede hacer?- probó ella.
Aquellas simples palabras prendieron una luz en la mente de Dylan que se puso en pie de un salto y los ojos le brillaron por un instante.
-Exactamente eso-

Pasó el resto de la noche pensando. Sabía lo que tenía que hacer y estaba tan excitado por haberlo descubierto que apenas era capaz de dormir. Aunque no tenía ni idea de cómo hacer lo que tenía en la cabeza, a su modo de ver, era más importante el hecho de haber hallado la solución que el hecho de saber llevarla a cabo.
Por suerte, Dylan era muy inteligente (o eso era lo que él pensaba) y en el transcurso de las horas de aquella noche llegó a varias conclusiones. También logró dormir durante cortos intervalos de tiempo y cuando los primeros rayos del sol abrasador despuntaron por su ventana, el príncipe de Azzynor unió en su mente, con asombrosa agilidad, todas las ideas que había en su cabeza y trazó un plan.
Al minuto siguiente salió por su ventana.

-Hada- llamó Dylan tras buscar por todo el bosque. La encontró sentada bajo la escasa sombra de un gran árbol, rozando con las puntas de los dedos la hierba que se iba volviendo un poco más fresca y un poco menos seca gracias a su contacto. Sus ojos se movieron y se levantó para colocarse ante él.
-Príncipe Dylan- saludó ella con una pequeña reverencia.
-Haré que la lluvia vuelva- informó Dylan sin poder resistirse más. El hada levantó la cabeza hacía él, muy despacio, mientras se preguntaba si habría oído bien. La expresión de triunfo de Dylan disiparon sus dudas.
-¿Ah sí...?- murmuró ella con desconfianza. Se cruzó de brazos.- ¿Cómo haréis eso?-
-Con tu ayuda- respondió él.
-¿Qué?- dijo ella.- Príncipe Dylan, yo...-
-Calla y escucha- ordenó él interrumpiéndola.- Verás, he pasado toda la noche pensando en que sería lo más indicado para que mi madre vea que no soy ningún inútil y que si me lo propongo puedo hacer muy bien las cosas. He de admitir que tú llevabas razón: tenía que hacer algo que nadie más pudiera hacer. Y dado que nadie más puede solucionar el problema del agua, seré yo el que lo haga-
-Pero ¿cómo pensáis hacer algo así?-
-Muy fácil. Ningún brujo de Azzynor puede conjurar la lluvia y las hadas tampoco podéis hacer nada...- comenzó a explicar él.-... pero realmente ¿qué hace falta para que llueva en un lugar?- El hada arqueó las cejas sin saber si el príncipe esperaba una respuesta.- ¡sólo nubes!-
-Pero hace mucho que no se ve una sola nube en el cielo de Azzynor- recordó ella.
-Sí, pero hay de sobra en Kazzusun...- dijo Dylan.- Por eso te necesito, si tú usas tus poderes sobre el viento para atraer una nube negra desde Kazzusun yo usaré mi poder para hacer que descargue su agua sobre nosotros-
El hada abrió la boca, pero enseguida la cerró de nuevo. ¿Ese era su gran plan? Lo decía con tanto entusiasmo y convicción que parecía algo infalible, cuando en realidad era una locura.
-¿Habláis enserio?- Dylan asintió.- Pero ¿no se os ha ocurrido pensar que quizás yo no tenga la fuerza suficiente para atraer una nube desde tan lejos? ¿O tal vez que vos no tengáis el suficiente poder para llevar a cabo tan difícil tarea?-.
-Estoy seguro de que mi plan funcionará- afirmó sin un atisbo de duda en su voz o en sus ojos.
-Pues no contéis conmigo- dijo el hada. Dylan la miró sorprendido y confuso.
-¿Qué? ¿A qué te refieres?-
-Pues a que no puedo ayudaros- concretó ella.- Lo lamento, majestad. Pedid ayuda a otro hada con más poder y que esté más cualificada para ser vuestra compañera.-
-Pero nadie querrá ayudarme- replicó Dylan.- Nadie más que tú, las hadas son muy orgullosas, no ayudarán a un brujo aunque sea su Rey...-
-¿Y por qué pensáis que yo lo haría?- le preguntó el hada.- Después de cómo me habéis tratado... no merecéis mi ayuda- Dylan cada vez la entendía menos.
-¿Cómo te he tratado?-
-Como si fuera un ser inferior...-
-Eso no es cierto-
-...alguien que no merece vuestro respeto, ni tiene derecho a hablaros sólo...-
-¡Mientes!-
-...por ser un hada y no una bruja-
-Exageras enormemente. Las cosas no han sido así- El hada sonrió.
-¿Cuál es mi nombre, majestad?-
Dylan se adelantó un paso, pero se dio cuenta de que no lo sabía. Recordaba que ella lo había dicho en algún momento pero no era capaz de recordar cuál era...
La sonrisa del hada aumentó. Hizo una nueva reverencia.
-Buenos días, majestad-
Se dio la vuelta y comenzó a alejarse. Sabía que él no recordaría su nombre, ya que no consideraba que un simple hada, como él mismo se había referido a ella en varias ocasiones, fuera lo suficientemente importante. Había sido él mismo quien le había preguntado su nombre el día anterior, y ahora no era capaz de recordarlo. Estaba segura de que ni siquiera se había molestado en escucharla.
Estaba a punto de desaparecer cuando oyó pasos tras ella.
-Lilith- dijo Dylan. Ella se detuvo.- Ese es tu nombre ¿verdad? Lilith- El hada se giró hacia él.
-¿Y qué? Eso no es nada ¿debo ayudaros sólo porque podéis recordar mi nombre?- dijo Lilith ofendida. Dylan se rascó la cabeza y avanzó hacia ella. Relajó su mirada y por un instante creyó que Dylan había dejado de mirarla desde su pedestal de príncipe y la observaba casi como a una igual.
-Supongo que no-le respondió.- Pero... sé que tú entiendes lo que me pasa con mi madre y por eso creo que sí deberías ayudarme- Desvió la mirada un momento y luego volvió a fijarla en los oscuros (ahora sorprendidos) ojos del hada.- y porque lo siento... lamento mi comportamiento- Se acercó más a ella y una sonrisa sinuosa y algo burlona apareció en su rostro.- Jamás volveré a olvidar tu nombre-
Lilith sostuvo su mirada aunque deseaba parpadear por la sorpresa . Aquel ingenuo príncipe se pensaba que podía intentar seducirla como si fuera una humana para lograr que hiciera lo que él quería. Pobre chico. En contadas ocasiones las hadas habían abandonado a su pueblo por sentir realmente algo por un humano. Y por muy atractivo que fuera ese chico, no despertaba en ella ningún tipo de sentimiento. Y era realmente guapo... tenía unos ojos provocadores y grandes de color verde apagado que casi rozaban el gris entrecerrados y fijos en los de ella. Su pelo oscuro se movía débilmente por el leve viento que pasaba entre ellos. El resto de sus rasgos eran serios y firmes, y sin embargo le daban cierto aire travieso e infantil. Aunque también denotaban orgullo y presuntuosidad. Lilith tuvo que admitir, al menos ante sí misma, que se sentía algo abrumada por tenerle tan cerca y sentir el calor de su cuerpo.
Levantó las manos y las plantó sobre el pecho de Dylan para darle un empujón apartándole de ella.
-Os ayudaré si no volvéis a usar esa mirada de chico misterioso y encantador conmigo- concedió.
-¿Piensas que soy encantador?- preguntó Dylan sonriente.- Tienes buen ojo, Lilith-
Ésta sacudió la cabeza, pero decidió no darle más vueltas a ese tema.
Dylan le explicó lo que quería que hiciera y acordaron encontrarse justo en el centro del bosque, en un gran claro, para llevar a cabo el plan.
Dylan regresó al castillo más contento de lo que había estado hacía mucho tiempo. Lilith regresó a su casa, sin saber si estaba haciendo lo correcto.

¿Qué os ha parecido?
Sólo quedan unos días para revelar el gran final y saber si Azzynor logra salvarse del asfixiante calor y si el gran plan de Dylan funcionara.
¡Hasta la próxima!

jueves, 25 de abril de 2013

Dylan y el hada de la lluvia

¡Hola visitantes del blog Multijugos!
Hoy inauguramos otra de nuestras secciones, la de Nuestras historias, compartiendo con vosotros una historia que escribí hace ya bastantes años. Creo que tenía unos 17 o 18 años cuando me decidí a escribirla aunque llevaba tiempo queriendo escribir algo sobre hadas.
Espero que os guste y como siempre, todos los comentarios serán bienvenidos ^^
Hoy os presento la primera parte, y en los siguientes días iré subiendo el resto.

 
Parte 1:

Ni una sola gota de lluvia.
Hacía ya dos meses que no caía una sola gota de lluvia del cielo. La reina Ariadnna llevaba con el ceño fruncido casi treinta minutos y el mismo tiempo que llevaba dándole vueltas al tema del agua. Como única soberana de Azzynor tenía todo el derecho y además el deber de preocuparse por la penosa situación que azotaba su reino. Aunque su Oráculo le hubiese sugerido que no se preocupara demasiado por el agua.
Era en aquellas situaciones cuando Ariadnna se sentía más sola. Solía recordar los días en que su marido Owen, cuando aún estaba vivo, plantaba cara a los problemas como ése con una sonrisa desafiante. Le echaba de menos... pero ya no se dejaba arrastrar por el dolor.
Había intentado reunir a unos cuantos de los brujos más notables de Azzynor para que todos juntos trataran de realizar un simple conjuro para atraer las lluvias, pero obviamente no había funcionado. Los brujos de Azzynor cada vez contaban con menos poder... la magia que las salamandras y las hadas del aire podían ofrecer se apagaba cada vez más.
No sabía que debía hacer y temía que los magos de Kazzusun aprovecharan la debilidad de Azzynor para atacar y atestarles el golpe definitivo. Pero Ariadnna prefería ni pensar en esa posibilidad tan desalentadora.
Se acercó a la ventana y miró con desánimo hacia abajo. Estaba en la alta torre negra de su castillo oscuro, justo en el centro del territorio de las tierras del sur. Desde allí, en teoría, podía verlo todo: las destartaladas casas de sus habitantes desperdigadas alrededor del castillo y establecidas sin demasiado sentido. Y más al sur, las tierras desérticas con los pantanos de fuego donde estaban las hadas.
Giró la cabeza malhumorada con ellas, esas malditas hadas no hacían todo lo que podían para ayudar con su magia... estaban acabando con su pueblo y con sus nervios.
En dirección al norte estaban los escasos árboles de sus bosques y más allá el gran laberinto que les separaba de sus enemigos: los magos blanquitos de Kazzusun, donde extrañamente las nubes si dejaban caer su agua.
Eso era sin duda lo que más molestaba a Ariadnna.
Eso y que su hijo Dylan no la ayudara lo más mínimo con el problema.
Ariadnna se frotó los brazos mientras se acercaba al gran espejo. Su hijo era el futuro rey de Azzynor, pero no le preocupaba en absoluto su herencia, ni ayudaba a su madre en la tarea de gobernar y ella estaba demasiada cansada de hacerlo sola.
Frente al gran espejo, Ariadnna se echó hacia atrás el largo cabello castaño y se concentró en llamar al escaso poder que quedaba en su interior alegrándose de que el hechizo para encantar al espejo no fuera demasiado complicado.
Cerró los ojos para abrirlos en pocos segundos y fijarlos en su reflejo mientras la frecuencia de su respiración aumentaba.
-Muéstrame a Dylan- ordenó la reina.
La imagen del espejo se oscureció y el reflejo de la soberana desapareció. En su lugar, apareció un paisaje vegetal. Árboles altos aparecieron por todas partes y los arbustos casi marchitos poblaban el suelo. Al principio, no apareció nadie en la escena y Ariadnna entrecerró los ojos para que la luz del sol que se filtraba entre los árboles no la deslumbrara demasiado.
Parpadeó un par de veces y por fin vio a su hijo. Soltó un suspiro de resignación. Allí estaba el futuro heredero de Azzynor: tumbado entre las hojas caídas de los árboles, con el pelo revuelto y los brazos bajo la cabeza a modo de almohada. En su vida había visto jamás una escena más insultante para ella y su orgullo. Su hijo ahí tirado como un insecto más del campo con esa actitud de pereza tan increíble, acabó de desquiciarle los nervios.
¿Por qué ese crío siempre hacía lo que le daba la gana? Recordaba perfectamente que le había ordenado que se quedara con la nariz pegada a los libros de la biblioteca. Definitivamente ese chico se burlaba de ella.
En ese momento Dylan hizo una mueca. Ariadnna vio como susurraba algo y una enorme hoja flotó hasta colocarse sobre su cara para quitarle el sol que le daba de lleno en su atractivo rostro.
Ariadnna sonrió de forma sarcástica “Ese es mi niño... mira para lo que gasta sus poderes” pensó con fastidio.
Cerró los ojos y dijo las palabras para que le imagen se desvaneciera antes de romper el espejo de un golpe.
Se alejó hacia su trono mientras sacudía la cabeza. Con esa ayuda por parte de su único hijo no le extrañaba que la cosa estuviera tan mal. Ni se quería imaginar lo que sería de Azzynor cuando Dylan tomara el control... sólo quedaban dos años para que cumpliera 18 y eso ocurriera. Ariadnna temía y ansiaba ese día a partes iguales.

Todo lo contrario que Dylan... que por ningún motivo quería que llegara ese día. Aunque tampoco lo temía. La idea de que todas esas responsabilidades cayeran sobre él le abrumaba, le aburría y le enfadaba, pero no le daba miedo.
Simplemente sabía que no estaba hecho para dedicar su vida a gobernar un reino, pero su madre no lo quería entender.
El quería ser libre en todos los aspectos. Quería irse a vivir a la Tierra y tener una vida normal para poder hacer lo que quisiera, vivir donde quisiera y estar con quien quisiera... con las que quisiera. Sus labios se curvaron en una sonrisa traviesa cuando esa idea llegó a su mente, se divertiría tanto en la Tierra...
Deslizó las piernas sobre el suelo mientras bostezaba y abría los ojos. De no haber sido por la hoja que los tapaba, el sol se los habría quemado. Hacía demasiado calor... su madre aún no había arreglado el problemilla del agua. Si no hacía alguien algo enseguida todo Azzynor se convertiría en un horno.
Pero no era su problema, pensó él girándose hacía un lado.
Hablando de problemas... Dylan recordó que debería estar estudiando alguno de los aburridos libracos que había amontonados en la polvorienta biblioteca del castillo. Se estaba buscando otra de las eternas broncas de su madre sobre su pereza y su falta de responsabilidad.
¡Sólo tenía dieciséis años, podría darle un respiro!
La magia le gustaba, sentir el poder recorriendo su cuerpo desde lo más hondo, viajando por sus venas hasta estallar en la punta de sus dedos. Sentir que puedes hacerlo todo y que tu voluntad es lo más poderoso, era sin duda una cosa genial y no quería renunciar a ello.
Además se le daba bien. Dylan siempre había pensado que tenía un gran talento para la magia.
Por eso no le costó notar la perturbación que hubo en el ambiente cuando ella apareció.
Dylan no se movió, pero se puso alerta. La expresión de perezosa calma que adornaba su rostro desapareció y sus ojos se movieron con lentitud buscando a ese alguien.
No era un brujo... lo sentía. Ni tampoco un mago de Kazzusun...
De pronto oyó una cantarina risa a su espalda. Dylan se levantó de un salto y se giró.
Frunció el ceño e hizo una mueca. No era más que un hada... había malgastado energías para nada.
Era una de esas hadas del aire. Tenían el mismo tamaño que los humanos y por eso en ocasiones algún brujo despistado solía confundirlas, pero tenían claros rasgos que las diferenciaban de ellos.
Esta era bastante pequeña. Una larga melena de pelo sedoso negro le caía sobre la espalda hasta la cintura y tenía los ojos del mismo color con un gran brillo, también tenía una nariz pequeña y manos pequeñas y nerviosas que movía a los lados de su pequeño cuerpo. Todo en ella era pequeño. Sus mejillas estaban algo ruborizadas, pudo notar Dylan, aunque su piel tenía ese tono azulado característica de las hadas de su especie. Se preguntó que estaría haciendo por allí... Miraba a Dylan con guasa poco disimulada en su rostro.
-Hada- saludó Dylan haciendo gala de su tono diplomático de príncipe.
-Príncipe Dylan- respondió ella con una ligera reverencia, pero en su rostro seguía esa sonrisilla burlona. Sus ojos fueron hasta los de Dylan.- ¿Descansando en nuestro bosque tras un largo y duro día de trabajo?-
Dylan la miró con superioridad, aquella hada no le daba buena espina, sobretodo por el tono que había usado.
-Así es- respondió él seriamente. Le pareció que el hada se reía de nuevo, pero ella no cambió su expresión. Dylan creyó oír esa risa en el viento que movió su pelo.
-Es un honor que hayáis elegido nuestro bosque- dijo el hada. Se mostraba educada y sumisa, pero Dylan creía entrever en su voz y en su mirada descaro hacía él, y no soportaba que nadie se riera de él así que decidió que aquella hada merecía una reprimenda.
-Hace demasiado calor- dijo Dylan. El hada cambió el peso de una pierna a la otra sin dejar de mirarle. -¿Cuál es tu nombre?-
-Lilith, majestad- contestó. Él asintió.
-Ya deberíais haber hecho algo con el problema de la lluvia- continuó él.- ¿Acaso no sois hadas del aire? Este calor es insoportable- No logró que le saliera el tono de reproche adecuado, pero sus palabras destilaban una buena dosis de superioridad y severidad. Sin embargo, esa hada no parecía asustada... le desafiaba con la mirada.
-La Reina Ariadnna ha comunicado la situación al pueblo de las hadas pero nosotras no podemos hacer que llueva, ese conocimiento es propio de los brujos- respondió ella.- Como vos sabréis, majestad- Dylan dio un ligero respingo.
-¿Insinúas que no sé mejor que un hada que poderes tienen los brujos y cuales vosotras?- preguntó ofendido. El hada bajo la mirada.
-Por supuesto que no, majestad- dijo ella. Pareció que le ocultaba otra de esas extrañas sonrisas suyas.- Todos en el bosque sabemos lo... duramente que... trabajáis cada día para...- la voz del hada se detuvo y Dylan la miró extrañado. De repente el hada se echó a reír de forma escandalosa, como si llevara un buen rato aguantando esas carcajadas en su interior.
Dylan abrió la boca sorprendido y furioso.
-¡Basta! ¡Silencio!-  le ordenó. Pero eso sólo sirvió para que el hada se riera aún más fuerte y tuviera que sujetarse el estomago. – ¡Te juró hada que como no pares de reír te voy a ...!- El hada se calmó poco a poco y soltó un gran suspiro.
-Perdonadme, Príncipe Dylan- consiguió decir con la cara de un tono azul oscuro.
-¿Cómo te atreves a reírte de ese modo del futuro rey de Azzynor y pedir perdón como si nada?- preguntó él. Realmente no se lo explicaba, pensaba que los demás le respetaban por lo que era o, al menos, por lo que un día sería.
-Lo lamento profundamente- dijo ella.- Pero antes os he visto ahí tumbado dormido, entre las hierbas y luego me habías recriminado que las hadas no hacemos nada por solucionar el problema del agua...- intentó explicar. Pero Dylan sacudió la cabeza.
-No estaba dormido. Mi cabeza estaba en profundas reflexiones tratando de buscar una solución... Además ¿desde cuando un simple hada como tú puede hablarle a un rey como si fuera un común silfo?- El hada arrugó la nariz.
-Disculpad, majestad- murmuró en tono molesto.- Pero vos no sois el rey aún- puso un especial énfasis en la palabra <<aún>>.
-Pero lo seré pronto- Un escalofrío le recorrió toda la espalda, pero se obligó a no hacer caso a esa sensación.- Y debes tenerme respeto aunque aún no lleve la corona-
-¿Cuándo llevéis la corona también vendréis aquí a dormir?-
-¡Que no estaba dormido!- repitió Dylan con vehemencia. El hada arqueó las cejas y sus ojillos brillaron.
-Lo que vos digáis, majestad- murmuró antes de desaparecer.
¿Sería posible que ni un hada esmirriada y coqueta le tuviera respeto? Una cosa era que no quisiera ser rey y otra muy distinta que los demás le trataran de ese modo... se había reído en su cara...

Y hasta aquí la primera parte. Para conocer el destino de Dylan, Azzynor o simplemente porque os apetece ver la broncaza que le espera al joven príncipe cuando vuelva a casa, estad atentos a las actualizaciones del blog.
Hasta pronto!